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Tituló su artículo: Aquí ya no se puede vivir
Cuando
regresaban del entierro de Agostini (1) las bravas mujeres que
acompañaron su cadáver cantando el himno, grupos de esbirros apostados
en las callejuelas del mismo cementerio, sin respeto a las tumbas, ni
al lugar, ni a las víctimas se dedicaron a dirigirles a media voz los
más groseros improperios. ¡A qué grado de rebajamiento moral, de
desenfreno y de odio mezquino se ha llegado! Si las cosas siguen en
Cuba como van, no nos quedará más remedio que disponernos a morir, o
ir buscando un lugar del mundo a donde emigren todos los cubanos,
porque aquí no se puede ya vivir.
Esto no es exagerado. Yo no sé si los nazis hicieron en Francia,
enemiga tradicional de su país, alguna de las cosas que se contemplan
en nuestra infeliz tierra. Es cierto que no hay peor cuña que la del
mismo palo. No voy a hablar del Moncada donde les arrancaron los ojos
a los prisioneros, los castraron o los enterraron vivos. Me refiero a
hechos de la vida cotidiana que marean el estilo de gobierno
implantado en Cuba.
Lo podrán sufrir algunos: los amiguitos del régimen y aquella
parte, de la ciudadanía indigna del régimen y aquella parte, escasa
por suerte, de la ciudadanía, indigna de tener Patria, que vive en paz
con los horrores que a diario contempla.
Hay canalladas a las que uno no se acostumbra jamás, por mucho que
las haya sufrido iguales o parecidas. Yo las he venido sufriendo desde
el 10 de marzo. Pocas sin embargo me han entristecido tanto como la
que sufrió mi propio hogar el día mismo en que los esbirros insultaban
en el cementerio a las mujeres. Otro malvado apostado en algún
departamento oficial, consagró todo el día en llamar a nuestra hermana
cada 10 minutos para decirle que lo mismo que le habían hecho ellos
(se incluía él) a Jorge Agostini nos lo harían muy pronto a Raúl y a
mí.
Los cuerpos represivos tienen intervenido el teléfono de mi casa
las veinticuatro horas del día, graban en una cinta todas mis
conversaciones, por muy personales que sean; anotan todos los
teléfonos que hacen comunicación con el mío, ¿cómo se concibe pues,
que salvo que sea un agente oficial, alguien pueda estar llamando
impunemente y amenazando a una familia durante todo el día, sin que
nadie lo moleste? Guerra de nervios; guerra de nervios pero contra la
familia, contra las hermanas, contra las madres¼
Los que me conocen saben que soy incapaz de inventar estas cosas.
Prefiero mil veces callar en todo lo que a los agravios personales se
refiere. ¡Si yo dijera al pueblo de Cuba los que tuve que sufrir
mientras estaba preso e indefenso, más de una cara se caería de
vergüenza, gentes con dos partes de Caín y una de Judas, que hasta el
honor de la familia vendieron! ¡Ojalá que la historia no consigne
nunca tal página de infamia!
Pero, ¿por qué estoy escribiendo hoy este artículo donde no puedo
disimular la amargura de ver la Patria, la tierra en que nacimos
todos, en un modo de existir tan miserable donde, salvo unos cuantos
pillos, indiferentes o malvados, ya no se puede vivir?
Es la suma de todas las impresiones que he venido recibiendo desde
que salí de la prisión injusta donde fueron a parar los que quisieron
libertar al pueblo y no los que lo oprimen sin piedad; es el compendio
de todo el proceso que surgió aquella madrugada de dolor y vergüenza
hace tres años. Pero me inspiran estas líneas un escrito de la policía
que apareció ayer y hoy publicado en las primeras páginas de todos los
periódicos. Desgraciadamente, esta respuesta mía no tendrá el mismo
privilegio. La mentira gubernamental tiene lugar de honor en la letra
de molde como cuanta palabra se diga a favor de los grandes intereses
creados; pero no la verdad de los que defienden a los humildes, que no
tienen nada que pagar, la del hombre digno y honrado, aun cuando el
decirlo pueda salvar muchas vidas de la injusticia y el crimen.
Criminal es guardar silencio frente a un crimen como el de Agostini,
cobardía en que han incurrido muchos en estos días; criminal es
hacerse eco en la prensa, supuestamente imparcial, de denuncias que
son falsas a todas luces y cuyo único objetivo es preparar el
asesinato de los adversarios políticos. Tal proceder lesiona los
propios sectores de la economía que esas empresas defienden. Un día
vamos a tener que tirar la manta y poner al desnudo todos los
intereses que atan y obligan, aunque no me quede más remedio que
publicarlo en un millón de manifiestos y me gane más enemigos que un
hereje incorregible. Desde ahora advierto que, como no aspiro a nada,
me importa un bledo batirme como un Quijote contra todos los
farsantes.
El señor Carratalá (2) tiene derecho a publicar en todas las
primeras páginas de los periódicos un informe acusando de terrorismo a
media Habana y nadie tiene derecho a disgustarse. Pero si a mí se me
ocurre decir por este modesto periódico que el señor Conrado Carratalá
es un mentiroso, y que ese informe es indigno de un oficial que se
respete a sí mismo, me quieren hacer picadillo y los voceros
mercenarios dan el grito en el cielo, diciendo que yo le estoy
faltando el respeto a un pundonoroso militar; y a gritos piden mi
cabeza como piden la destrucción del periódico LA CALLE.
Ese "pundonoroso" militar tiene derecho a acusar a mi propio
hermano Raúl, de haber puesto el jueves una bomba en el teatro Tosca,
siendo así que, exactamente ese día, se encontraba en Oriente junto a
mi padre, anciano y gravemente enfermo. ¡A ese mismo Raúl Castro que
en el cuartel Moncada hizo nueve prisioneros y los trató a todos con
intachable caballerosidad, que sabe por tanto combatir de frente y no
asesina prisioneros ni pone bombas! ¿Podrían decir otro tanto los que
hace apenas unos días asesinaron a Jorge Agostini con las manos
atadas?
Y voy a hablar con toda franqueza de una vez: cuando veo a la
policía emitiendo un informe donde se revela con pelos y señales los
nombres de cada uno de los que están en un supuesto plan terrorista, y
señala los nombres y apellidos de los que pusieron los petardos en
cada uno de los cines de La Habana, confirmo en mi sospecha de que son
los propios es-birros de la dictadura los que han puesto esas bombas;
porque fue mucha casualidad que estallasen un ratico antes del
asesinato de Agostini que ya estaba prisionero; porque ninguna policía
del mundo escribe esas novelas con todos los detalles, cuando no fue
capaz de detener a uno solo de los que señala en la comisión de los
hechos; una policía tan bien informada los habría sorprendido en la
ejecución; porque basta ver los nombres de Danilo Baeza, (Álvaro)
Barba, (Enrique) Huerta (3), y tantos otros dedicados desde hace meses
a actividades cívicas y políticas complicados en ese plan truculento,
para darse cuenta del poco respeto que estos jefes policíacos sienten
por la opinión pública.
Cuando no hay conspiraciones las inventan; y cuando nadie pone
bombas, las ponen ellos o les colocan petardos en los bolsillos a sus
adversarios como hicieron con Jorge Valls (4) que todavía está preso.
Han acusado en dicho plan inclusive a personas que han anunciado su
regreso a Cuba. ¿Es así como quieren que regresen los exilados?
¿Desearía el régimen que todas esas personas acusadas, más de
cuarenta, tomen el camino del exilio? ¿Es así como contribuyen a la
paz?
¡Cómo no ha de estar la economía por el suelo si todos los días
aparece en los cintillos de los periódicos un complot tremebundo según
denuncia de la policía! Los que más perjudican a la dictadura son sus
propios partidarios.
No se ha incluido mi nombre en la terrible lista de terroristas, y
si eso es una deferencia, una cortesía del señor Carratalá, se lo
agradezco. ¡Muchas gracias! Pero se ha incluido el nombre de mi
hermano que participa de mis ideas con toda lealtad sin salirse de la
línea trazada; acusarlo, es acusarme a mí, y eso sí que no se lo
agradezco, señor Carratalá.
¿Por qué no hace mejor usted un informe al Tribunal de Urgencia
dándole cuenta de todas las vidrieritas que apuntan la "bolita" por La
Habana y dice con pelos y señales las ganancias, los tantos por
cientos y los nombres y apellidos de todos los que se enriquecen con
el juego ilícito y se han hecho millonarios faltando a los más
elementales deberes que les impone el cargo? ¿Cree usted que si yo lo
hago me lo publiquen en las primeras páginas de todos los periódicos?
¡Y eso sí que no sería un folletín!
De todos modos, les advierto que este negocito de la dictadura, a
este paso, se arruinará más pronto de lo que se imaginan, porque lo
están manejando muy mal; porque ya en Cuba no se puede vivir y va
llegando la hora de emigrar o morir.
Fidel Castro
(1) Jorge Agostini.
Combatiente antimachadista y de las Brigadas Internacionales que
cerraron filas con la República Española. Volvió a la lucha con el
artero cuartelazo del 10 de marzo. Perseguido tenazmente por los
esbirros batistianos y como consecuencia de una delación, fue
localizado, apresado y vilmente asesinado.
(2) Conrado Carratalá. Tras el golpe de estado del 10 de
marzo hizo una carrera meteórica y de vigilante llegó a Coronel de la
policía. El asesinato era su elemento.
(3) Fueron en esa época dirigentes estudiantiles.
(4) Jorge Valls tuvo participación en la oposición a la
dictadura de Batista y luego del triunfo revolucionario se unió a las
fuerzas contrarrevolucionarias. |