Este 26 de agosto se cumple un centenario del nacimiento de Eduardo
Chibás. El primer deber que tenemos con las grandes personalidades de
la historia es extraer lecciones de su vida y obra que resulten
válidas para el mundo en que vivimos. Lo más sugerente de la vida de
Chibás es que se planteó la cuestión ética como tema central de la
política cubana. Esto ya de por sí es de un valor enorme para hoy.
Con
una hora radial todos los domingos a las 8:00 p.m., se le escuchaba en
Cuba entera. Alcanzó tal popularidad que podía uno recorrer en el
horario del programa cualquier ciudad cubana y oír en los radios la
voz del líder del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) fundado por él
para enfrentarse a la corrupción de los gobiernos auténticos. Su lema
era Vergüenza contra dinero, y una noche, el 5 de agosto de 1951, se
presentó en su programa de radio planteando que como no había podido
probar ante el pueblo una denuncia que había formulado, daba una
señal, un aldabonazo, con un disparo que después le causaría la
muerte, y Vergüenza contra dinero quedó impregnada en la conciencia
del pueblo y su partido alcanzó tal fuerza que iba a ganar las
elecciones del 1º de junio de 1952, sofocadas meses antes por
Fulgencio Batista con su golpe de estado el 10 de marzo, realizado con
el apoyo de Estados Unidos.
Hay que preguntarse cómo y por qué el más amplio movimiento popular
en la Cuba neocolonial alcanzó con Chibás, la ortodoxia y el lema de
la honestidad administrativa y política aquella enorme fuerza. Y es
que el tema de lo ético ha estado siempre presente en la conciencia
revolucionaria de nuestro pueblo.
A nosotros se nos educó en la idea de que el sacerdote católico
Félix Varela y los maestros predecesores, retomaron de la mejor
tradición cristiana el sentido de la justicia y de la dignidad humana.
Se nos enseñó que los padres fundadores de Cuba relacionaron todo este
acervo cultural con el pensamiento científico más avanzado de su
época. Se nos explicó que en las esencias de la cultura nacional no
podía tener cabida la intolerancia, la cual no posee para nosotros ni
fundamentos culturales, ni siquiera religiosos; cuando se ha
presentado ha sido por incultura o por dependencia a ideas ajenas a la
tradición patriótica nacional. Nos enseñaron principios éticos y
conocimos que el mejor discípulo de Varela, el maestro José de la Luz
y Caballero, forjó a la generación de patriotas ilustrados que en
unión de sus esclavos proclamaron la independencia del país y la
abolición de la esclavitud en 1868. Él está en nuestro recuerdo
agradecido y nos sirvió de enseñanza para promover esa tradición en la
historia cubana. El Apóstol lo llamó el silencioso fundador. En Martí
encarnaron estas ideas y sentimientos; él les dio profundidad mayor y
alcance universal.
Una
prueba de la fuerza real de la ética la da el hecho de que las
religiones la han tomado como elemento esencial. Siempre fue un asunto
fundamental de todas las religiones. No existirían las religiones si
no tuvieran como fundamento la ética y si ella no fuera precisamente
una necesidad de la condición humana.
Los jóvenes que estuvimos tras los muros de las cárceles cubanas, y
peleamos en el Llano y en la Sierra, teníamos sentimientos e ideas
nutridas de aspiraciones redentoras venidas de una larguísima
historia. La generación forjadora de la revolución socialista de Cuba
poseía lazos profundos con los pueblos de América, del mundo, y con
las raíces de la cultura occidental, en cuya fuente más remota está la
religión de los esclavos de Roma, el Cristianismo.
Tan importante cuestión es la ética que incluso Simón Bolívar
concibió la idea de que junto a los tres poderes del Estado:
legislativo, ejecutivo y judicial, existiera un poder moral. Es obvio
que esto resulta muy complejo y que no ha sido nunca posible para los
revolucionarios encontrar fórmulas institucionales aceptadas. Pero en
definitiva debemos comprender la significación que ello tiene pues
todas las civilizaciones tienen una autoridad moral institucionalizada
en las iglesias y las religiones. El que se haya hecho de manera
deformada, distorsionada y ajena a los principios éticos no le quita
valor al hecho en sí, como tampoco le quita valor a la importancia de
los tres poderes del Estado que los mismos hayan sido distorsionados.
Lo cierto es que no ha habido civilización que se haya podido
desarrollar sin un elemento ético en su formación y sin un fundamento
jurídico. Lo he repetido en muchas ocasiones, no hay civilización
romana sin derecho romano y la cultura que esta gestó en el
Mediterráneo.
Se trata pues de un reclamo para cualquier sociedad que aspire a la
liberación y se proponga conservarla y desarrollarla.
Chibás, en los finales de la década de 1940 y principios de los 50,
llevó ese mensaje ético a las grandes masas populares como denuncia
política contra la corrupción de la sociedad neocolonial cubana. De
esta manera, promovió un movimiento que aglutinó a las más amplias
capas populares, en especial a la juventud, de donde emergió la
generación del centenario. Su prédica estuvo en la antesala del
Moncada y de la epopeya iniciada entonces. Sus legítimos herederos
superaron el sueño del gran tribuno, no solo liquidaron la
deshonestidad política, sino que, además emprendieron la gigantesca
tarea de la transformación revolucionaria de la sociedad y llevaron a
cabo una revolución socialista en las narices del imperio, como lo
señaló Fidel en vísperas de Girón. De esta manera colocaron a Cuba en
la vanguardia política de nuestra América y ejemplo de todos los
pueblos del mundo. Hemos alcanzado el noble ideal de José Martí cuando
aspiraba a que Cuba fuera universidad del continente.
Su sacrificio no fue en vano, por eso, el 16 de enero de 1959, a
escasos días de la entrada victoriosa de la Revolución triunfante en
La Habana, Fidel dijo ante la tumba de Chibás:
Pero hoy es como el resumen de toda la historia, la historia de la
Revolución, la historia del 26 de julio, que tan ligada está a la
historia de esa tumba, que tan ligada está al recuerdo de quien
descansa en esta tumba, que tan íntimamente ligada está a la
ideología, a los sentimientos y a la prédica de quien descansa en esa
tumba, porque debo decir que sin la prédica de Chibás, que sin lo que
Chibás hizo, que sin el civismo y la rebeldía que despertó en la
juventud cubana, el 26 de Julio no hubiera sido posible.
Hoy ratificamos la importancia de la ética para hacer frente a las
necesidades más apremiantes de la política actual no solo de Cuba sino
a escala internacional.
Por tanto, en el centenario de su natalicio podemos afirmar que
Eduardo Chibás continúa estando muy presente en nuestros sentimientos,
nuestras acciones y nuestros pensamientos.