Trabajé muy cerca de Fulgencio Batista. Al caer este no me quedaba
más remedio que huir.
El 31 de diciembre de 1958 regreso a La Habana, después de un
recorrido que hice por Santa Clara con el propósito de conocer la
situación militar que allí existía.
Por todo lo que observé, volví muy preocupado y tenía la intención
de comentárselo a Batista en la fiesta de Año Nuevo.
Cuando llego a mi casa, mi esposa me informa que no había fiesta en
Columbia. Aquello me extrañó mucho, pero me acosté a dormir, pues la
preocupación no pudo más que el cansancio que traía. Como a la 1:30 de
la madrugada me llamó por teléfono un ayudante de Batista, quien me
comunicó que el presidente había renunciado. Que por órdenes expresas
de él, en los aviones que estaban listos para partir, se habían
separado dos asientos: uno para Luis Manuel Martínez y otro para mí.
Me pareció de muy mal gusto salir corriendo enseguida. Esperé a que
amaneciera. Llamé a varios militares. Traté, incluso, hasta de hablar
con el general Eulogio Cantillo. Fue entonces que un coronel amigo me
aconsejó: "Joselín, lo mejor es que te marches". Alrededor de las 6:00
de la mañana salgo a la calle y veo una efervescencia castrista
inmensa. Aquel símbolo rojo y negro estaba en todas partes.
Me percato de que la situación es sumamente difícil. Pienso que es
más fácil llegar a una embajada que a Columbia. Voy al Consulado
dominicano, pero me tiran las puertas. En la misión diplomática de
Argentina tampoco me dejan entrar.
Desesperado, decido regresar a casa. No sabía qué hacer. Mi esposa
se pone una falda negra y una blusa roja y salimos nuevamente a la
calle.
Nos tropezamos con una multitud que venía por la Avenida 23 y que
gritaba: "Fidel, Fidel". Era impresionante. Sin saber cómo, me veo
dentro de la manifestación. No olvidaré que de repente alguien me
preguntó por qué estaba tan callado y solo atiné a responder: La
emoción, la emoción.
Al pasar frente a la cafetería El Carmelo, me introduje en la
misma. Ahí me encontré con un amigo y le pedí que me llevara al
aeropuerto militar de Columbia. Me hizo el favor, pero al llegar la
posta no me deja pasar. Le dije que el oficial de guardia me esperaba.
Insisto. Al fin, logro entrar, con la buena suerte de que en esos
momentos iba a salir el último de los aviones hacia Santo Domingo.
Eran alrededor de las 10:00 de la mañana.
El capitán de la nave tenía órdenes de aterrizar en Oriente a
recoger a un alto oficial de la Marina de Guerra. No recuerdo su
nombre. De pronto, a la vista de Santiago de Cuba, un militar le pone
al piloto la pistola en la nuca, a la vez que le dice: "Si aterrizas,
nos morimos todos". Como comprenderás, seguimos directo hacia Santo
Domingo.
¿Quiénes iban en ese avión?
Además de mi mujer y yo, algunos ayudantes de militares allegados a
Batista.
¿Por qué Batista decide ir a República Dominicana y no a los
Estados Unidos?
Eso nunca me lo he podido explicar. Según me contaron, esa decisión
la toma en el vuelo a última hora. Cuando el avión salió iba para los
Estados Unidos. A la media hora le ordenó al piloto que desviara el
rumbo hacia Santo Domingo. Todos los demás aviones siguieron a la
Florida. La nave era un DC-6 de Aerovías Q, empresa de la cual Batista
poseía todas las acciones. El vuelo era el 638.
Batista consideraba que como había tenido muy buenas relaciones con
los Estados Unidos y había sido fiel a todos sus intereses debía ser
recibido con los honores que correspondía a su jerarquía de ex
presidente. Aspiraba a que le dieran residencia, pero los
norteamericanos se la negaron. Pienso que si hubiera decidido llegar a
territorio estadounidense lo hubieran aceptado al igual que ocurrió
con el resto de los batistianos. A esa hora no lo iban a rechazar.
Ya en Santo Domingo, más de una vez me comentó, amargado,
adolorido, que después de haber sido toda una vida aliado
incondicional de los norteamericanos, estos lo habían abandonado en
los momentos difíciles.
¿Cómo se produjo su encuentro con Batista en República Dominicana?
Tan pronto llegué me dicen que Batista quiere verme. Encontré a un
hombre destruido, aislado. Comencé a trabajar directamente con él. Le
mecanografiaba sus escritos. En la práctica, me convertí en su
secretario particular.
Recuerdo que en una ocasión, durante las primeras semanas, le dije
a Batista: Presidente, hay que hacer cualquier cosa para recuperar el
poder. Airado, me respondió: "No, no, no se trata de hacer cualquier
cosa, hay que hacer cosas, pero hasta que por lo menos no pasen 10
años, no se puede pensar en combatir a Castro. El país se ha enamorado
de él. Todo lo que se haga ahora es inoportuno".
Cuando comentaba estas expresiones con los demás exiliados, me
decían que Batista estaba loco, que era un cobarde. Todos esos
adjetivos que la gente le lanza a los derrotados. Y no han pasado 10
sino 30, y Castro sigue ahí.
¿Qué papel desempeñó Batista en la conspiración trujillista contra
Cuba?
Batista, presionado por Trujillo, hizo grandes aportes económicos.
Pero la verdad histórica es que él era uno de los pocos que estaba
convencido de que dicha invasión no tenía posibilidades de triunfar.
Yo mismo estaba muy entusiasmado.
Trujillo había contratado mercenarios franceses, yugoeslavos,
checos, húngaros, españoles, escapados de la Legión Francesa.
También cubanos que habían pertenecido a los cuerpos represivos de
Batista. Al frente de lo que se denominó Legión Anticomunista del
Caribe se encontraba el general batistiano José Eleuterio Pedraza.
Como es conocido, los complotados dentro de Cuba fueron detenidos
por fuerzas de la Seguridad y el avión con el primer envío de
mercenarios fue capturado por tropas del Ejército Rebelde a su llegada
a la ciudad de Trinidad, el 13 de agosto de 1959.
El plan de Trujillo era desembarcar, al siguiente día, 5 000
hombres en las provincias orientales. Todo se les vino abajo cuando
las autoridades cubanas denunciaron públicamente los planes de
agresión.
¿Las relaciones entre Batista y Trujillo eran tirantes?
Siempre lo fueron. Fíjate que Trujillo estaba deseoso de visitar
Cuba, de ser recibido con todos los honores y Batista nunca se decidió
a cursarle una invitación.
Ya en Santo Domingo las discrepancias se agudizaron cuando Batista
no se quiere meter en ninguna acción contra Cuba. Lo primero que le
dice Trujillo es que tiene 5 000 soldados dominicanos listos para
desembarcar en Oriente, pues es necesario impedir que Castro llegue a
La Habana.
"En una semana lo instauro nuevamente en el poder", planteaba
Trujillo, a la vez que también le decía: "Si usted pone dos millones
de dólares, yo pongo cuatro. Tenga presente que necesito impedir que
Castro se consolide en el poder, pues eso sería muy peligroso para
mí".
Batista no cedió ante ninguno de esos argumentos. Estaba seguro de
que cualquier acción contra Castro era una locura, y si además tenía
que soltar dinero, no había quien lo convenciera.
A Batista no le faltaba dinero.
Fue uno de los gobernantes que más dinero le sacó al Tesoro
Nacional.
En todos los negocios que se hacían había que darle una comisión
del 30% y en otros casos del 40%. Hasta el último momento estuvo
enviando dinero a bancos de Nueva York. Incluso, a finales de
diciembre del 58, su albacea, Manuel Pérez Benitoa, llevó 43 000 000,
de los cuales depositó 42, pues se quedó con uno. La fortuna de
Batista estaba calculada en cientos de millones de dólares.
Era un hombre muy tacaño. En una ocasión, le pidió una cita urgente
a Trujillo y este se la concedió, pues pensó que era algo relacionado
con los planes contra Castro. Cuál no sería su sorpresa cuando Batista
le dijo que venía a solicitarle que influyera en el administrador del
hotel Jaragua para que le redujera los precios de habitación y comida.
¿Él trató de irse de Santo Domingo con rapidez?
Sí. Enseguida comenzó a hacer gestiones para marcharse, ya que
Trujillo le estaba sacando mucho dinero. El problema era que nadie le
quería otorgar visa. Él insistía en ir a Daytona Beach, en la Florida,
donde tenía una residencia.
Después de soltar miles de dólares, consiguió que los portugueses
lo admitieran en la isla de Madeira. Exactamente a los 8 meses y 22
días pudo salir de República Dominicana. Solamente lo acompañamos 22
de sus amigos. La aventura con Trujillo le costó unos cinco millones
de dólares.
Han pasado tres décadas. Sería interesante que contara algunas
cosas de la intimidad del régimen de Batista.
¿Por qué no? Además, no tengo nada que ocultar. Muchas de estas
cuestiones ya las publiqué en el libro que edité en 1963 y que lleva
por título El gran culpable. Como comprenderás, el gran
culpable es Batista.
Allí relato numerosas experiencias de las cuales puedo referirte
algunas. Por ejemplo, cuando Batista recibió la información del
desembarco de Castro, el 2 de diciembre de 1956, lo calificó de
"aventura local sin importancia", y trató de aparentar que la noticia
no lo había perturbado en lo más mínimo. Siguió jugando canasta
durante horas sin hacer la más leve alusión al respecto. Estaba en
casa de Jorge García Montes, entonces primer ministro, y cuando se va
lo único que comentó fue que Castro tenía los días contados.
A las pocas semanas, se celebró una reunión en Columbia. El coronel
Pedro Barreras, a quien había designado jefe de operaciones de la zona
de la Sierra Maestra, dio toda la información sobre la situación
existente y explicó ante los mapas el plan que proponía. En el
transcurso de la conversación, Barreras le pregunta al presidente qué
debía hacer con Castro si este no moría en combate, y Batista le
respondió rápidamente, lo recuerdo muy bien: "Quémalo, que el aire
se lleve sus cenizas y nadie sepa dónde está su tumba. No quiero otro
Guiteras".
Aquello hizo que todos nos miráramos los unos a los otros, cada
cual con sus propios pensamientos.
¿Usted qué pensó?
Bueno, no podría decirte. Creo que poco a poco me fui dando cuenta
de que aquello era algo más que una simple "aventura local".
Veía muchas cosas. Veía cómo Batista hacía los partes militares y
después de mecanografiados los modificaba tres, cuatro veces. No tenía
límites. Era muy ególatra y jamás quiso reconocer las derrotas del
ejército a manos de las fuerzas rebeldes. Los despachos salían
firmados por el comandante Boix Comas, quien en muchas ocasiones se
enteraba de los mismos cuando leía los diarios de la mañana. Algo
parecido le sucedió a Santiago Verdeja.
¿El ministro de Defensa?
Sí. Resulta que cuando el New York Times publica la entrevista de
Herbert Matthews a Castro, en la Sierra Maestra, esto provocó un
revuelo que tú no eres capaz de imaginar. Nadie en el gobierno lo
quería creer y Batista mucho menos. Inmediatamente convocó a una
reunión en Palacio.
Entre todos los presentes examinaron la foto publicada por el Times
en la que se veía a Matthews y al jefe guerrillero conversando
plácidamente. Bastó que alguien dijera que no se le parecía a Castro
para que Batista, acto seguido, diera por sentado que se trataba de un
montaje fotográfico y dictara una declaración en la que calificaba la
entrevista de apócrifa y de mentiroso a su autor.
A la mañana siguiente, todos los periódicos habaneros reproducían
en primera plana las acusaciones de Batista, pero no estaban firmadas
por este, sino por Verdeja, quien se sorprendió al ver esas
declaraciones suyas en los diarios y no pudo evadir el inmenso
ridículo que cayó sobre él cuando, al otro día, el New York Times
respondía con la publicación de varias fotos en las que aparecía
Castro en distintas posiciones que no dejaban lugar a duda de la
veracidad de la información.
¿Qué tiempo permaneció en Portugal al lado de Batista?
Pocas semanas. Batista me dio un pasaje y algunos dólares. Viajo a
los Estados Unidos, donde tengo que entrar clandestino, pues no me
daban visa. Después de legalizar mi situación, comienzo a editar en
Miami un periodiquito llamado Patria. Durante varios meses, me mandó
75 dólares semanales.
Llegó un momento en que me siento mal, porque se había ido
incorporando al periódico un grupo de personas a las que no conocía y
que no eran ni periodistas. Decidí abandonar aquella empresa. No
estaba de acuerdo con esa gente, no porque fueran malos o buenos.
Tampoco difería de sus puntos de vista, sino cómo llevarlos a cabo.
¿De qué vivió en Miami?
Vendí televisores, aparatos de aire acondicionado, refrigeradores;
realmente, me fue muy difícil. Ya estaban allí los nuevos ricos que
habían comprado grandes residencias. Los ricos, como siempre, viviendo
bien. La otra parte del exilio, sudando la camisa.
Me sentía muy mal. Lo que ganaba no me alcanzaba para vivir. Decidí
irme a Nueva York.
¿Trabajó duro en Nueva York?
Sí. Durante mucho tiempo tuve que estar lavando platos en
diferentes restaurantes. Eso es algo importante para el exiliado
pobre, pues de esa manera tienes también asegurados el almuerzo y la
comida. Vivía en un cuartico muy modesto. Posteriormente, trabajé en
una fábrica de plástico.
Abandono los Estados Unidos en 1963 y viajo a Caracas donde me
radico definitivamente. En Venezuela, aunque pasé dificultades, la
vida no me fue tan difícil como en Norteamérica.
¿Sus amigos batistianos lo ayudaron?
No, hombre, no. Allí nadie ayuda a nadie. Los propios batistianos
adinerados te veían y no te conocían. El exilio le enseña a uno muchas
cosas. Es una gran escuela. La primera ley que aprendes es que uno
solamente es amigo de sí mismo.
¿Perteneció a alguna organización contrarrevolucionaria?
Con el embullo de los primeros años me inscribí, a finales del 60,
en un ejército expedicionario que se estaba formando para invadir a
Cuba y que más tarde resultó el desembarco por Bahía de Cochinos.
No me llamaron. Me hicieron un gran favor. Pude haber muerto o
caído preso como todos los que fueron. Después no me incorporé a
ninguna de las organizaciones contrarrevolucionarias.
Me desilusioné mucho.
¿Por qué?
Porque como era batistiano, supuestamente esbirro, entonces lo
vetaban a uno.
Me hice el siguiente análisis: Cónchale, quiero cooperar porque no
me gusta el castrismo, pero si esto es tan costoso que me van a hacer
un cubano de segunda, no, porque al menos yo no puse a Castro. Al
contrario, lo combatí.
Me dije: ¿Por qué tengo que mendigar la posibilidad de que me
incorporen a alguna actividad? ¿Acaso para lo único que sirvo es para
cargarles los fusiles a los revolucionarios puros? Era un problema de
ética, de decisión personal. Me alejé de todo. Además, me sentí
postergado, discriminado. Dije: Allá ellos, que saquen a Castro si es
que pueden. Como no vivo del negocio de hacer revoluciones ni tengo
ningún cheque de la CIA, he tenido que trabajar muy duro para poder
vivir decentemente. No estoy dentro del esquema de los exiliados de
Miami.
¿Qué piensa de ese exilio?
El exilio de Miami no cuenta con un punto de vista profundo de la
realidad cubana. Los exiliados están divididos en islas. Todos se
consideran jefes, líderes; pero ninguno es ni jefe ni líder. Son
islas, sí; pero sin mar.
Además, surgió un grupo de gente al cual califico como los
industriales del exilio, especialmente en Miami. En Cuba sonaban dos
cohetes y enseguida comenzaban a recolectar dinero con el pretexto de
que era para los luchadores por la libertad, cuando en verdad todo iba
a parar a sus bolsillos. De esa manera han vivido sin trabajar todos
estos años.
Hay muchos que no han cambiado la hoja del almanaque. Se tropiezan
con un cubano revolucionario y le huyen. Se creen que los van a
contaminar. Saben que son los perdedores y tienen miedo al choque.
Llevan en su vida 30 años de retraso.
¿Cuál es la diferencia entre el exilio de Miami y el de Venezuela?
Estados Unidos es el país que más ha estimulado al exilio. La
política norteamericana es de completa hostilidad hacia Cuba.
Un señor que se va para allá, por lo menos siente un clima de mayor
felicidad, porque este en un país adversario del que se ha ido y hay,
por tanto, un ambiente espiritual más accesible. Se siente amparado
por el tío Sam.
En Venezuela, al igual que en otros países sudamericanos, es más
difícil la actividad. En estas naciones hay gentes que son enemigas de
los norteamericanos. Existe un clima antigringo. En los Estados
Unidos, si un exiliado critica la política norteamericana, tiene
problemas. Si en Venezuela un cubano critica a los Estados Unidos, no
pasa absolutamente nada.
El exiliado de Miami y el de Venezuela ven desde un prisma distinto
la situación en Cuba. Allí en los Estados Unidos hay más militancia
anticastrista. Aquí uno tiene que trabajar para poder subsistir.
Además, en Latinoamérica hay simpatías por la Revolución Cubana.
En Venezuela no existe una Calle 8, como en Miami, donde se pasan
el día anunciando que mañana regresaremos a Cuba. Aquí no podemos
convertir nuestro problema personal en una cuestión de Estado. Tenemos
que respetar las leyes de este país.
Los gobiernos de Venezuela y Cuba tienen relaciones y tenemos que
respetar esa decisión, gústenos o no el régimen de La Habana. Son
cosas que no podemos discutir.
En lo que no existe diferencia es en la añoranza. En cualquier
lugar del mundo en que te encuentras con un cubano, lo primero que
está presente es el recuerdo del país.
Hay mucha nostalgia, aunque no quieras. Cuando te tomas un café o
fumas un tabaco, cuando escuchas música cubana. La nostalgia está
siempre presente, siempre.
Su participación en el Diálogo entre el Gobierno cubano y los
representantes de la comunidad cubana en el exterior, celebrado en La
Habana los días 20 y 21 de noviembre de 1978, ¿le creó problemas con
algunos exiliados?
Fui atacado por algunos sectores del exilio, pero eso no me quitó
el sueño ni me causó la mayor preocupación. Vi un poco de cinismo en
algunas de esas gentes. Tal es el caso de Salvador Romaní, quien me
pidió que le llevara algunas cosas a sus padres, que se habían quedado
en Cuba. Le hice el favor y probablemente me combatió para no tener
que darme las gracias.
Por otra parte, el Diálogo fue muy positivo. Es un proceso que
habrá que perfeccionar. Creí y creo que el Diálogo es el único camino
de acercamiento entre los que estamos fuera y los de adentro. Si se
produce un nuevo encuentro de este tipo, estoy seguro de que se
incorporarán muchas más gentes que en el primero. La palabra de Castro
es la más importante garantía, pues todos sabemos que siempre que la
da, la cumple.
Todo el mundo está consciente de que derribar a Castro a través de
las armas es muy difícil. Los cubanos se han preparado muy bien
militarmente a lo largo de estos 30 años, y los norteamericanos lo
saben.
¿Todavía hay sectores del exilio que mantienen el odio y el rencor
hacia la Cuba revolucionaria?
En la década del 60 sí, pero te puedo decir que hoy la mayoría de
los cubanos que estamos en el exilio nos hemos acostumbrado a ver la
Revolución como una realidad. Los años han ido dejando atrás la
amargura de los primeros tiempos.
El almanaque es un proceso interesante, uno va mirando las cosas a
medida que pasa el tiempo con una perspectiva distinta.
El ser humano tiene un mecanismo que está en constante
transformación.
Te confieso que nunca les he tenido ni odio ni rencor a ustedes.
Es más, cuando un deportista cubano obtiene un triunfo, lo
disfruto.
Muchas veces corrí al lado de Juantorena o peleé junto a Teófilo
Stevenson.
Nací en Cuba. Jamás estaría de acuerdo en que para cambiar el
sistema tiraran una bomba atómica o hicieran un ensayo nuclear allí,
como algunos han deseado. Eso sería un crimen y una estupidez.
¿Qué tiempo de vida le daba a la Revolución?
Cuando más, una década. Nunca tanto tiempo. Al principio ataqué
fuertemente a Castro por su alianza con la Unión Soviética.
Con el paso del tiempo, he llegado al convencimiento de que se
movió magistralmente, porque si no hace eso los Estados Unidos
hubieran hecho mucho más difícil el desarrollo de la Revolución.
Castro logró que renglones tan importantes de la economía como el
abastecimiento de petróleo y otras importantísimas materias fueran
suministradas por la Unión Soviética cuando los Estados Unidos
decretaron el boicot económico.
Igualmente, el envío de armamentos fue esencial para que los
cubanos pudieran enfrentarse al gobierno norteamericano sin claudicar.
Cuba necesitaba un aliado, un socio, un amigo, y lo encontró en la
Unión Soviética.
Realmente nadie pensó que una revolución socialista podría
mantenerse en pie en Cuba, frente a las costas de los Estados Unidos,
incluso, con una base naval dentro de su propio territorio.
Esa es otra de las audacias de Castro. Su esquema no está dentro de
las computadoras. Toma a todo el mundo de sorpresa.
Saca siempre de debajo de la manga la baraja que nadie espera.
Este escenario no estaba estudiado en la computadora de los
norteamericanos: 90 millas, media hora de vuelo. No, no es posible,
¿cómo puede haber pasado esto? Esa es una pregunta que se deben hacer
diariamente.
En el exilio muchos cubanos admiran a Castro. No comparten su
ideología, pero reconocen que su país de nacimiento es conocido en el
mundo por el papel político que desempeña y no solo por sus peloteros
ni por sus músicos ni por sus mulatas, como era antes; claro está, son
cosas que no se atreven a decir públicamente ni pueden decirlas. Pero
en mi caso, con más de 60 años en las costillas, nada me preocupa.
Esta es una afirmación que merecería ser fundamentada, ¿no cree?
Tienes razón. Lo digo porque Fidel Castro se gana el poder, no se
lo regalan. El país estaba cansado de la corrupción, de los militares
que se hacían ricos con los más disímiles negocios, de los políticos
robando a las dos manos. Es Castro quien encarna ese anhelo del pueblo
y hace la Revolución.
Y contrario a la creencia de un siglo, Castro no busca el apoyo de
los Estados Unidos, sino que viaja a México, viene en el Granma,
desembarca con un grupo de hombres por las costas orientales y marcha
hacia la Sierra Maestra.
Desde allí inicia un movimiento de lucha armada, hasta ese momento
algo solo típico en América Latina, en países de dimensiones
territoriales como México y Brasil. Pese a todos los vaticinios,
reagrupa a los sobrevivientes y triunfa sobre un ejército de 45 000
soldados, entrenado y apoyado por los norteamericanos.
Esto te demuestra que Castro no solo no busca la ayuda de los
Estados Unidos, sino que hizo su Revolución aun en contra de la
voluntad de ellos. Algo realmente inconcebible.
Y la continúa haciendo.
Es verdad. El problema es que los políticos cubanos siempre se
quedaron dentro de sus fronteras y Castro no. Castro se sale de la
frontera cubana. Le canta las cuarenta al imperio y llega donde nadie
se imagina. Y no solo llega, sino que también triunfa, aun cuando sea
en otro continente, a miles de kilómetros de distancia.
Hoy el castrismo está vigente en toda América Latina y mucho más
allá. Esto nadie lo puede negar. Es algo que los historiadores no
podrán desconocer a la hora de estudiar el proceso cubano.
Por el tono en que lo dice, pudiera pensarse que se siente
orgulloso.
Me siento orgulloso de ser cubano. No soy socialista ni comunista,
ni lo seré nunca, pero soy cubano. Me siento orgulloso de haber nacido
en una nación que hoy es respetada por todos en el mundo, que son los
campeones en boxeo, en béisbol; que no va a las Olimpiadas y todo el
mundo se preocupa. Antes no ocurría así.
Éramos solo una prolongación territorial de la Florida. No se nos
tenía en cuenta para nada.
A mí me molestaba mucho en mi juventud que se dijera que el cubano
era símbolo de ocio y se nos considerara incapaces, vagos, frívolos.
Jamás olvido aquel artículo de Martí titulado "Vindicación de
Cuba", respondiendo a las acusaciones de The Manufacturer, de
Filadelfia, en el que nos calificaban de ser una posición poco
apetecible para los Estados Unidos porque éramos amanerados, inermes,
sumisos. Y Martí contesta a esas ofensas diciendo que esos amanerados
eran tan hombres que habían peleado como gigantes.
Hoy a nadie se le ocurre siquiera pensar eso. Hoy el cubano es un
hombre político, es una doctrina. Se le respeta dondequiera que va,
aunque no se tengan sus mismos criterios.
Aunque muchos lo callen, yo no tengo miedo decirlo, Luis. La edad
de la vejez te enseña a mirar las cosas de otra manera: con más
detenimiento, menos pasión; con más sentimiento práctico y realista.
Además, recuerda lo que dijo el poeta: "Que nunca como en el ocaso
de la vida son tan bellos los fulgores del amanecer".
Caracas, 1989