Aquel encuentro, si bien no pronosticaba avances favorables, se
realizaría signado por la voluntad creciente de la dirección y el
pueblo de reanudar la lucha armada, en un corto periodo, si fracasaba
el proceso de diálogo que aún continúa.
Hoy estas líneas puede motivarlas la conmemoración del aniversario
32 de la RASD, que simboliza la rebeldía indoblegable de ese pueblo
frente al enemigo invasor. Pero más allá de la efeméride nos impulsa
coincidentemente la celebración de la cuarta ronda negociadora, a
celebrarse del 11 al 13 de marzo en Greentree State, Nueva York. Allí
se pondrá nuevamente a las claras si existe voluntad para una solución
política, mientras la dirección saharaui ha dado muestras fehacientes
de proseguir la vía pacífica.
De cualquier modo, ese esfuerzo negociador es la prolongación de un
largo camino en pos de la independencia del territorio. Su historia
está jalonada por un incesante batallar; pocas veces —quizás jamás— un
pueblo ha luchado y derramado su sangre en condiciones tan inhóspitas
y adversas, sometido siempre a la intervención y el dominio, primero
de España y luego de Marruecos y Mauritania.
La génesis del surgimiento de la RASD está vinculada a la lucha del
Movimiento para la Liberación del Sahara en los años 60, y a la
represión brutal, en 1970, de la manifestación pacífica de Zemla en la
que el pueblo reivindicó su derecho a la autodeterminación, liderado
por Mohamed Sidlbrahim Bassiri, detenido y asesinado por las
autoridades españolas durante el régimen franquista.
Pero el antecedente más inmediato y la fuerza decisiva que condujo
al nacimiento de esa República fue la creación del Frente POLISARIO,
movimiento político y militar surgido en mayo de 1973 que, bajo la
dirección de su líder y mártir nacional El-Uali Mustafá Sayed, derrotó
a las fuerzas españolas en 1975 y prosiguió su lucha contra los
invasores de Marruecos y Mauritania, países a los que España traspasó
su administración mediante un acuerdo tripartita rubricado en Madrid,
antes que conceder la independencia.
Precisamente, el 27 de febrero de 1976, con la salida de los
últimos funcionarios y soldados del derrotado ejército español, fue
proclamada la República Árabe Saharaui Democrática, conducida desde
agosto de ese propio año por Mohamed Abdelaziz. En 1979, Mauritania
también fue vencida por la pujanza de las armas victoriosas de los
combatientes saharauis, pero Marruecos maniobró y ocupó los
territorios que dejaba Mauritania para tener bajo su control más de
las dos terceras partes del Sahara Occidental.
No cesaron los cruentos combates frente al invasor marroquí que,
con el empleo de armas de todo tipo, masacró a la población civil y
obligó a una parte de los habitantes a refugiarse en campamentos al
sur de Tindouf, territorio argelino donde hoy sobreviven en
condiciones difíciles en extremo cerca de 200 000 personas, que
esperan el regreso a su tierra natal para dedicarse al trabajo
pacífico y creador.
Un muro de más de 2 500 kilómetros fue construido en los años 80
por los invasores, con el apoyo de potencias y países extranjeros,
ante el empuje y la audacia de los combatientes del Frente POLISARIO.
Franja estructurada por trincheras, obstáculos ingenieros y
fortificaciones, que delimitan la zona ocupada del territorio oriental
con el suroriental, liberado mediante una lucha guerrillera inédita.
Se estima que en la zona ocupada están asentados unos 400 000
habitantes, sometidos a la opresión, mientras crece la resistencia
interna.
El Frente POLISARIO, brazo armado y político, y genuino
representante del pueblo, encabeza la lucha. Detenida la vía armada
desde el alto el fuego decretado en 1991, prosiguieron los esfuerzos
negociadores por la independencia bajo las reiteradas resoluciones de
la ONU sobre el Sahara Occidental, incumplidas sucesivamente por la
dirección marroquí, con la complicidad del imperio yanki y los países
europeos vinculados históricamente a este conflicto.
La autodeterminación e independencia saharaui es un derecho
legítimo e incuestionable. No puede ser dividido un pueblo por la
fuerza, ni desconocido un país con una idiosincrasia, una cultura, un
idioma, una historia y un sentido de unidad nacional.
El vasto territorio de la RASD, de unos 266 000 kilómetros
cuadrados, tiene una población de apenas un millón de habitantes que,
a pesar del esfuerzo del adversario por dividirlos y diseminarlos,
mantienen su conciencia patriótica y de pertenencia a la tierra que
los vio nacer.
Con total desprecio a las resoluciones de las Naciones Unidas, se
confabulan fuerzas poderosas encabezadas por el imperio yanki para
sabotear su independencia, anexar el país a Marruecos mediante una
denominada autonomía, y continuar saqueando los importantes recursos
naturales del Sahara Occidental.
Mientras en Kosovo, con claros propósitos separatistas, se
concertan el apoyo y las fuerzas del poder imperial y la política de
avestruz de un grupo de países de Europa, que ha conducido a la
proclamación de la independencia unilateral de esa provincia, la
autodeterminación e independencia de la República Árabe Saharaui son
saboteadas por las mismas fuerzas e intereses políticos y económicos
foráneos.
Las rondas negociadoras no deben ser un ejercicio de sucesivos
contactos infructuosos, acciones deliberadas para ganar tiempo o
distraer a la resistencia y a la opinión pública internacional. No hay
espacio para que se prolongue ese vestigio colonial existente en
África.
No caben oídos sordos ante esta situación. Dondequiera que se
levante una bandera por la justicia, allí deberá estar la causa por la
redención saharaui. No se trata de un acto por un hecho fundacional u
ocasional, sino la convocatoria al permanente reclamo solidario.
Las armas y las fuerzas adversas no pueden más que las voces unidas
de la comunidad progresista y la voluntad inquebrantable de este
heroico y aguerrido pueblo.