A las 6 y 20 de la mañana de ese día, el presidente recibió una
llamada telefónica en su residencia de Tomás Moro informándole del
golpe militar en desarrollo. De inmediato pone en estado de alerta a
los hombres de su guardia personal y toma la firme decisión de
trasladarse al Palacio de la Moneda para defender, desde su puesto
de Presidente de la República, al Gobierno de la Unidad Popular. Lo
acompaña una escolta de 23 hombres, armados con 23 fusiles
automáticos, dos ametralladoras calibre 30 y 3 bazucas, que se
traslada con el presidente en cuatro automóviles y una camioneta al
Palacio Presidencial, donde llegan a las 7 y 30 de la mañana.
En
su visita a Cuba (12 de diciembre-1972), Allende recibió
innumerables muestras de cariño del pueblo matancero y durante todo
el trayecto desde La Habana hasta Varadero acompañado por el
Comandante en Jefe Fidel Castro.
Portando su fusil automático, el presidente, acompañado por la
escolta, penetró por la puerta principal de La Moneda. A esa hora la
protección habitual de carabineros se mantenía normal en el palacio.
Ya en el interior se reunió con los hombres que lo acompañaban,
les informó de la gravedad de la situación y su decisión de combatir
hasta la muerte defendiendo al Gobierno constitucional, legítimo y
popular de Chile frente al golpe fascista, analizó los efectivos
disponibles y dictó las primeras instrucciones para la defensa del
Palacio.
Siete miembros del Cuerpo de Investigaciones arribaron para
sumarse a los defensores. Las postas de carabineros, mientras tanto,
se mantenían en sus puestos y algunos adoptaban medidas para la
defensa del edificio. Un pequeño grupo de la escolta personal
custodia la entrada del despacho presidencial con instrucciones de
no dejar pasar a ningún militar armado, para evitar una traición.
En el espacio de una hora se dirige tres veces por radio al
pueblo expresando su voluntad de resistir.
Pasadas las 8 y 15, por los citófonos de Palacio la junta
fascista conmina al presidente a la rendición y la renuncia de su
cargo, ofreciéndole un transporte aéreo para abandonar el país en
compañía de sus familiares y colaboradores. El presidente les
responde que "como generales traidores que son no conocen a los
hombres de honor" y rechaza indignado el ultimátum.
El presidente sostiene en su despacho una breve reunión con
varios altos oficiales del Cuerpo de Carabineros que ha-bían acudido
a Palacio, los cuales rehúsan cobardemente en aquel instante
defender al Gobierno. El presidente los reprocha duramente y los
despide con desprecio, conminándolos a que abandonen de inmediato el
lugar. Mientras se efectuaba esta reunión con los jefes de
Carabineros llegaron los tres edecanes militares; el presidente les
expresa que no era momento para confiar en los uniformados y les
pide que se retiren de La Moneda. No obstante, el presidente se
despide con afecto del comandante Sánchez, que había sido su
eficiente edecán por la Fuerza Aérea durante varios años.
Minutos después de retirarse los edecanes y los altos oficiales
de los Carabineros, el teniente jefe a cargo de la Guarnición de
Carabineros del Palacio Presidencial, obedeciendo órdenes de su
jefatura, instruye a un carabinero que recorra el edificio
impartiendo la orden de retirarse a los miembros de la guarnición,
los cuales comienzan de inmediato a abandonar La Moneda, llevándose
parte de su armamento. Lo mismo hacen los carros blindados de
Carabineros, que hasta ese instante estaban en posiciones de defensa
del palacio.
Un grupo de diez carabineros, acompañados del portador de la
orden de retirada y cumpliendo, sin duda, instrucciones, cuando se
retiraban por la escalera principal y ya próximos a la salida,
vuelven sus fusiles intentando disparar contra el presidente, siendo
enérgicamente ripostados por el personal de la escolta. Son estos
los primeros disparos que se cruzan con los golpistas.
Mientras estos hechos ocurrían, numerosos ministros,
subsecretarios, asesores, las hijas del presidente, Beatriz e
Isabel, y otros militantes de la Unidad Popular, van arribando al
palacio para estar junto al presidente en esas horas críticas.
A las 9 y 15 de la mañana aproximadamente, se realizan las
primeras descargas desde el exterior contra Palacio. Tropas
fascistas de infantería, en número superior a 200 hombres, avanzaban
por las calles de Teatinos y Morandé, a ambos lados de la Plaza de
la Constitución, hacia el Palacio Presidencial, disparando contra el
despacho del presidente. Las fuerzas que defen-dían el palacio no
pasaban de 40 hombres. El presidente ordena abrir fuego contra los
atacantes y dispara él personalmente contra los fascistas, que
retroceden desordenadamente con numerosas bajas.
Los fascistas introducen entonces los tanques en el combate
apoyados por infantería. Un tanque avanza por la calle Moneda, otro
por Teatinos, otro por Alameda con Morandé y otro en dirección de la
puerta principal por la Plaza de la Constitución. En ese instante,
desde el propio despacho del presidente se abrió fuego de bazuca
contra el tanque que estaba junto a la puerta principal, que fue
totalmente destruido. Otros dos tanques concentran su fuego sobre el
gabinete del presidente y un carro blindado dispara sus
ametralladoras hasta la Secretaría Privada y la oficina de escoltas.
Varias piezas de artillería, situadas por el lado de la Plaza de la
Constitución, disparan también contra Palacio.
El presidente recorre las distintas posiciones de combate
alentando y dirigiendo a los defensores. La lucha violenta se
prolonga más de una hora, sin que los fascistas logren avanzar una
pulgada.
A las 10 y 45 el presidente reúne en el Salón Toesca a los
ministros, subsecretarios y asesores que habían acudido a Palacio
para estar junto a él, y les expresa que la lucha en el futuro
necesitaría de conductores y cuadros, que todos los que estaban
desarmados debían abandonar La Moneda en la primera ocasión posible
y todos los que tenían armas debían continuar en sus puestos de
combate. Naturalmente que ninguno de los colaboradores que carecían
de armas estuvo de acuerdo con esta tesis del presidente; tampoco
las hijas del presidente y demás mujeres que se encontraban en La
Moneda, se resignaban a abandonar el palacio.
El combate prosiguió violento. Por los citófonos de Palacio los
fascistas lanzan rabiosamente nuevos ultimátums, anunciando que si
los defensores no se rinden emplearían de inmediato la Fuerza Aérea.
A las 11 y 45 el presidente se reúne con las hijas y restantes
mujeres que en número de nueve se encontraban en el palacio,
ordenándoles con toda firmeza que debían abandonar La Moneda, pues
consideraba que no tenía sentido que murieran allí indefensas. Y de
inmediato solicitó de los sitiadores una tregua de tres minutos para
evacuar el personal femenino. Los fascistas no conceden la tregua,
pero sus tropas comenzaban en esos instantes a retirarse de los
alrededores de Palacio, para llevar a cabo el ataque aéreo, lo que
produjo un impasse en el combate que permitió la salida de las
mujeres.
A las 12 aproximadamente comienza el ataque de la aviación. Los
primeros rockets cayeron en el Patio de Invierno que está en el
centro de La Moneda, perforando los techos y estallando en el
interior de las edificaciones. Nuevas oleadas de aviones y nuevos
impactos se suceden unos tras otros, inundando de humo y de aire
tóxico todo el edificio. El presidente da órdenes de recolectar
todas las máscaras antigases, se interesa por la situación del
parque y exhorta a los combatientes a resistir firmemente el
bombardeo.
El parque de los fusiles automáticos de la guardia personal del
presidente se estaba agotando después de casi tres horas de combate,
por lo que el presidente ordenó derribar de inmediato la puerta de
la armería de la Guarnición de Carabineros del palacio, donde podía
encontrarse parte del armamento de aquella. Al impacientarse por la
tardanza de la información sobre dichas armas, él mismo, cruzando el
Patio de Invierno se dirigió a la armería y observando que se
demoraban en derribar la puerta ordenó que se emplearan granadas de
mano en la operación, lográndose abrir un boquete en el cuarto de
armas, de donde extrajeron cuatro ametralladoras calibre 30 y
numerosos fusiles Sik, gran cantidad de parque, máscaras antigases y
cascos.
El presidente ordena que todo se lleve de inmediato a los puestos
de combate y personalmente recorre los dormitorios de los
carabineros, recogiendo fusiles Sik y otros armamentos que allí
quedaban. El propio presidente cargó sobre sus hombros numerosas
armas para reforzar los puestos de combate, exclamando: "Así se
escribe la primera página de esta historia. Mi pueblo y América
escribirán el resto", lo que produjo profunda emoción en todos los
que lo acompañaban.
Mientras el presidente transportaba pertrechos desde la armería,
de nuevo se reanuda el ataque aéreo con violencia. Una explosión
quebró cristales próximos al sitio donde se encontraba el
presidente, lanzando fragmentos de vidrio que lo hieren por la
espalda. Fue esta la primera herida que sufrió. Mientras recibía
atención médica ordenó que continuara el traslado de las armas, y no
cesaba de preocuparse por la suerte de cada uno de los compañeros.
Minutos después los fascistas reanudan violentamente el ataque,
combinando la acción de la Fuerza Aérea con la artillería, los
tanques y la infantería. Según los testigos presenciales, el ruido,
la metralla, las explosiones, el humo y el aire tóxico convirtieron
al palacio en un infierno. No obstante la instrucción dada por el
presidente de que se abrieran todos los grifos y llaves de agua para
evitar el incendio de la planta baja, el palacio comienza a arder
por el ala izquierda y las llamas se propagan hacia la Sala de los
Edecanes y el Salón Rojo. Pero el presidente, que no se desalentó un
solo instante, ni en los momentos más críticos, ordena hacer frente
al ataque masivo con todos los medios disponibles.
Tuvo lugar entonces una de las mayores proezas del presidente.
Mientras el palacio estaba envuelto en llamas se arrastró bajo la
metralla hasta su gabinete, frente a la Plaza de la Constitución,
tomó personalmente una bazuca, la dirigió contra un tanque situado
en la calle Morandé —que disparaba furiosamente contra Palacio— y lo
puso fuera de combate con un impacto directo. Instantes después otro
combatiente pone fuera de acción un tercer tanque.
Los fascistas introducen nuevos carros blindados, tropas y
tanques por la calle Morandé 80, intensificando el fuego por la
puerta de acceso a La Moneda, mientras el palacio continuaba
ardiendo. El presidente desciende a la planta baja con varios
combatientes para repeler el intento de los fascistas de penetrar al
interior del palacio desde la calle Morandé, rechazándolo.
Los fascistas suspenden entonces el fuego en ese sector y piden a
gritos dos representantes del gobierno con carácter de parlamento.
El presidente envía a Flores, secretario general de Gobierno, y a
Daniel Vergara, subsecretario del Interior, quienes salen por la
puerta de la calle Morandé y se dirigen a un jeep militar que se
encontraba enfrente. Esto tenía lugar aproximadamente a la una de la
tarde. Flores y Vergara conversan con un alto oficial que se
encontraba en dicho jeep. Al regresar a Palacio y ya próximo a la
entrada, desde el mismo jeep les disparan a traición, recibiendo
Flores un impacto en la pierna derecha y Daniel Vergara varios
disparos por la espalda, que lo abatieron, siendo recogido por sus
compañeros bajo el fuego protector de otros defensores.
Los fascistas habían pedido el parlamento para exigir de nuevo la
rendición, ofreciendo facilidades al presidente y los defensores
para abandonar Palacio y dirigirse al destino que escogieran. El
presidente reiteró de inmediato su decisión de combatir hasta la
última gota de sangre, interpretando no solo su deseo, sino el de
todos los heroicos defensores de Palacio. Desde la planta baja
resistieron las embestidas procedentes de Morandé, mientras la
entrada principal de Palacio estaba ya prácticamente destruida.
Próximo a la 1 y 30, el presidente sube a inspeccionar las
posiciones de la planta superior. A estas alturas numerosos
defensores habían perecido por la metralla, las explosiones o
calcinados por las llamas. El periodista Augusto Olivares asombró a
todos por su comportamiento extraordinariamente heroico. Habiendo
sido herido grave, fue atendido y operado en la sala médica de
Palacio, y cuando todos lo suponían yaciendo en una cama, con el
arma en la mano ocupó de nuevo su puesto de combate en el segundo
piso junto al presidente. Sería prolijo enumerar aquí los nombres y
los actos de heroísmo de los combatientes que allí se destacaron.
Pasada la 1 y 30 los fascistas se apoderaron de la planta baja de
Palacio, la defensa se organiza en la planta alta y prosigue el
combate. Los fascistas tratan de irrumpir por la escalera principal.
A las 2 aproximadamente logran ocupar un ángulo de la planta alta.
El presidente estaba parapetado, junto a varios de sus compañeros,
en una esquina del Salón Rojo. Avanzando hacia el punto de irrupción
de los fascistas recibe un balazo en el estómago que lo hace
inclinarse de dolor, pero no cesa de luchar; apoyándose en un sillón
continúa disparando contra los fascistas a pocos metros de
distancia, hasta que un segundo impacto en el pecho lo derriba y ya
moribundo es acribillado a balazos.
Al ver caer al presidente, miembros de su guardia personal
contraatacan enérgicamente y rechazan de nuevo a los fascistas hasta
la escalera principal. Se produce entonces, en medio del combate, un
gesto de insólita dignidad: tomando el cuerpo inerte del presidente
lo conducen hasta su gabinete, lo sientan en la silla presidencial,
le colocan su banda de presidente y lo envuelven en una bandera
chilena.
Aun después de muerto su heroico presidente, los inmortales
defensores del palacio resistieron durante dos horas más las
salvajes acometidas fascistas. Solo a las cuatro de la tarde,
ardiendo ya durante varias horas el Palacio Presidencial, se apagó
la última resistencia.
Muchos se asombrarán de lo que aquí se acaba de narrar. Y así es,
sencillamente asombroso. La alta oficialidad fascista de los cuatro
cuerpos armados se había levantado contra el Gobierno de la Unidad
Popular y solo 40 hombres resistieron durante siete horas el grueso
de la artillería, los tanques, la aviación y la infantería fascista.
Pocas veces en la historia se escribió semejante página de heroísmo.
El presidente no solo fue valiente y firme en cumplir su palabra
de morir defendiendo la causa del pueblo, sino que se creció en la
hora decisiva hasta límites increíbles. La presencia de ánimo, la
serenidad, el dinamismo, la capacidad de mando y el heroísmo que
demostró, fueron admirables. Nunca en este continente ningún
presidente protagonizó tan dramática hazaña. Muchas veces el
pensamiento inerme quedó abatido por la fuerza bruta. Pero ahora
puede decirse que nunca la fuerza bruta conoció semejante
resistencia, realizada en el terreno militar por un hombre de ideas,
cuyas armas fueron siempre la palabra y la pluma.
Salvador Allende demostró más dignidad, más honor, más valor y
más heroísmo que todos los militares fascistas juntos. Su gesto de
grandeza incomparable, hundió para siempre en la ignominia a
Pinochet y sus cómplices.
¡Así se es revolucionario!
¡Así se es hombre!
¡Así muere un combatiente verdadero!
¡Así muere un defensor de su pueblo!
¡Así muere un luchador por el socialismo!