El
siglo XXI tendrá que ser el siglo de la cultura como el siglo XX lo
fue de las invenciones. La cultura garantiza los bienes del
espíritu, crea un patrimonio indestructible frente a todo tipo de
contingencias y nos da la seguridad de vivir en un estado de armonía
y de complacencia.
Sino ¿cómo explicar que en situaciones de desastres naturales
hombres y mujeres encuentren en las artes la expansión de sus
sentimientos y la confirmación del optimismo en la vida? La cultura
es una puerta que se abre para no cerrarse jamás. No es un lujo, ni
un ornamento, es como escribió Fernando Ortiz una energía. Y esa
energía es, a su vez generadora de conciencia y acicate para el
desarrollo de la voluntad colectiva, palanca de acción creadora y
ala de la imaginación.
Solo una concepción científica de la cultura generará un arte
auténtico, y salvará al ser humano avocado a un siglo de guerras
continúas y automatización. Salvar la memoria histórica como punto
de partida y crear una nueva cultura serán la única respuesta para
la salvación de la especie humana. La cultura como imaginación, como
construcción de nuevas formas, de valores éticos y morales, de una
estética que concilie lo más depurado del arte con el mensaje de paz
que haga más llevadera la existencia del hombre sobre la Tierra. Esa
ha de ser la alternativa contra la desidia, el eclipse de la razón y
de los más puros instintos creadores.
El 20 de octubre de 1868, cuando las tropas de Carlos Manuel de
Céspedes tomaron el heroico Bayamo, se cantó nuestro himno por vez
primera. Un himno con música de Perucho Figueredo que llamaba al
combate a una patria que estaba sumida en el oprobio y encadenada a
un coloniaje opresor. La cultura nacional y sus ideales más altos de
independencia alcanzaron su cenit ese día sobre cimientos que habían
sentado pensadores y literatos en las luchas frente al colonialismo
y la esclavitud. Hoy anclados en una identidad que se nutre
fundamentalmente de la diversidad de corrientes europeas, africanas
y asiáticas proclamamos con orgullo nuestra total soberanía forjada
en las raíces populares y en el pensamiento filosófico de hombres
como Félix Varela, José de la Luz y Caballero y José Martí. La
responsabilidad histórica de la generación heredera de este
pensamiento marcará finalmente el destino de la nación, frente al
egoísmo, la banalidad y la inercia intelectual que propone el
capitalismo neoliberal.
La cultura es el mayor tesoro de la humanidad y el camino que
conduce al reino de la justicia. El horizonte social estaría
seriamente empobrecido sin la presencia de las expresiones
artísticas y culturales. Creo, por otra parte, que uno de los
mayores progresos de la especie humana es haber reconocido la
diversidad como un derecho inalienable. Sin ese reconocimiento
serían imposibles el diálogo y la coexistencia. La cultura, pues,
otorga sentido a la vida y a la capacidad de existir en la comunidad
y de participar en la creación colectiva. El artista y el escritor
en el socialismo han adquirido una función principal: el derecho a
expresarse, y existir en su sentido más pleno. Lo dijo con profunda
convicción Alejo Carpentier, que ya había alcanzado el más alto
reconocimiento internacional como escritor antes de 1959. En un acto
público confesó que por primera vez con el advenimiento de la
Revolución se sentía útil y que su función social estaba consumada;
había pasado de la soledad a la solidaridad que lo acompañó hasta su
muerte.
Hoy, cuando conmemoramos los cuatrocientos años del nacimiento de
la literatura cubana, comprobamos cuánta razón tenía el autor de
El reino de este mundo.
Y cuánto de la vida cotidiana y de los anhelos y aspiraciones
espirituales de la sociedad ha reflejado la literatura cubana y muy
particularmente la poesía que ha abarcado una infinita gama de temas
universales.
La convivencia en una sociedad revolucionaria contribuye a la
creación colectiva y al ejercicio de la verdadera democracia
cultural.
Democracia que en estas horas difíciles ha mostrado con creces
que la cultura, como se ha dicho tanto es escudo y alma de la nación
porque en ella participamos todos y de ella nos nutrimos.El eco de
esa democracia cultural se ha hecho patente en las solidarias
caravanas artísticas que han recorrido las zonas más devastadas del
país. No ha habido una ciudad, un pueblo, un rincón de Cuba donde
este ejército voluntario de artistas y escritores no haya estado
presente con un mensaje de seducción y optimismo. Toda teoría de la
función de la cultura queda supeditada a este emotivo diálogo de los
creadores con el pueblo damnificado. Nada como ser testigos de esos
rostros infantiles con la llegada de La Colmenita en poblados tan
afectados como Manuel Sanguily, La Palma o la Isla de la Juventud,
por solo mencionar algunos. Nada como presenciar la actuación de
nuestros mejores humoristas, de nuestros trovadores, de los grupos
musicales, de los narradores orales, entre otros, ante una receptiva
masa humana que en muchos casos ha quedado en total desolación.
Nada como atestiguar el valor espiritual del pueblo, ese que
vence la furia de los huracanes y que queda indemne aún en la más
dramática de las situaciones. Y ese valor no hace más que demostrar
que la cultura no es otra cosa que alma y escudo de la nación.