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Sobre el libro La paz en
Colombia, de Fidel Castro
Responsabilidad ética y
compromiso revolucionario
PEDRO DE LA HOZ
Durante
los últimos meses diversos acontecimientos de la realidad colombiana
fueron comentados por el compañero Fidel en sus habituales
Reflexiones publicadas en la prensa cubana. La operación
humanitaria auspiciada por el presidente venezolano Hugo Chávez que
culminó el 10 de enero con la puesta en libertad de Clara Rojas y
Consuelo González, retenidas por la guerrilla; la incursión militar
del primero de marzo, con asistencia norteamericana, que masacró en
territorio ecuatoriano a combatientes de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia (FARC) y jóvenes de otras
nacionalidades, en flagrante violación de la soberanía de un país
extranjero, condenada días después en la reunión del Grupo de Río en
la capital dominicana; y la liberación de la ex candidata
presidencial Ingrid Betancourt y otras catorce personas en una
acción que contó con el apoyo logístico y de inteligencia de Estados
Unidos, motivaron sucesivas apreciaciones del líder de la Revolución
cubana acerca de la connotación de los hechos y sus implicaciones
políticas y éticas en el ámbito latinoamericano y caribeño.
A partir de una pregunta que se hace a sí mismo
—“¿Fue objetivo y justo mi análisis sobre Marulanda y el Partido
Comunista de Colombia en las Reflexiones publicadas el 5 de julio de
2008?”—, Fidel emprendió la escritura de La paz en Colombia,
revelador título publicado por la Editora Política, y que le llevó
400 largas y arduas horas de documentación, análisis y redacción.
A lo largo del libro, Fidel desarrolla tres ideas
centrales: una, la caracterización y el desarrollo de la
personalidad del fallecido jefe de las FARC, la evolución de la
guerrilla y su papel en el complejo entramado político colombiano;
otra, la incidencia del poder oligárquico, sus instrumentos de
explotación y represión, y su alianza con el imperialismo
norteamericano en la génesis y ejercicio permanente de la violencia;
y, en tercer término, la real naturaleza de los vínculos de Cuba con
los movimientos revolucionarios de América Latina y su larga y
sostenida contribución a la búsqueda de una solución justa, realista
y humanitaria al conflicto armado que desangra a Colombia.
Este país, andino y caribeño al mismo tiempo,
es una larga y antigua herida enconada en el cuerpo del continente.
Aún antes de que cayera asesinado en una calle bogotana Jorge
Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, fecha en la que cobró impulso
la espiral de violencia que llega hasta hoy, la nación vivió muchas
páginas de terror. En otra de sus Reflexiones (17 de julio de
2008), Fidel, quien se hallaba en Colombia durante los trágicos
sucesos conocidos como El Bogotazo, evoca haber leído “noticias
sobre las matanzas que tenían lugar en el campo bajo el gobierno
conservador de Ospina Pérez. Se informaba normalmente sobre decenas
de campesinos muertos en aquellos días”.
La paz en Colombia no es un ensayo
especulativo, sino un testimonio apegado a la objetividad de los
hechos. Desde los primeros capítulos —en los que glosa la Primera y
la Segunda Declaración de La Habana (1960 y 1962), imprescindibles
para entender la respuesta del Gobierno y el pueblo cubanos ante el
acoso del imperio y sus súbditos latinoamericanos— hasta el último
—donde contrasta las memorias del ex mandatario colombiano Andrés
Pastrana con sus propios recuerdos sobre los temas abordados en sus
conversaciones con este, y se publican las expresiones de Pastrana
acerca de la “transparencia, sinceridad, lealtad y amistad hacia
Colombia” del líder cubano —, Fidel privilegia la exposición
documental.
De tal modo, el jefe histórico de las FARC (su
verdadero nombre era Pedro Antonio Marín) es visto a través de los
excelentes testimonios del escritor Arturo Alape y se ve a sí mismo
en los llamados Cuadernos de Marulanda, Un testigo clave para
comprender la intríngulis de las negociaciones de paz en la época de
Pastrana es citado ampliamente en el libro: José Arbesú, funcionario
del Comité Central Partido Comunista de Cuba que asistió a las
negociaciones de Caiguán en enero de 2001 y luego sostuvo
entrevistas con Marulanda.
De sumo interés resultan, además, las
referencias escritas por Jacobo Arenas (nombre de guerra de Luis
Morantes), autor del Diario de la resistencia de Marquetalia
(1972), militante comunista que se incorporó a las FARC y aportó a
la formación ideológica de los cuadros de la guerrilla. Arenas
falleció en 1990, luego de haber sido uno de los principales
artífices del movimiento Unión Patriótica, en el que las FARC y
otras fuerzas se agruparon para participar en la escena política
pública. Durante el gobierno de Belisario Betancur, dos candidatos
presidenciales, 8 congresistas, 13 diputados, 70 concejales 11
alcaldes y miles de sus militantes fueron asesinados por grupos
paramilitares, fuerzas de seguridad y sicarios del narcotráfico.
El libro también revela la decisiva mediación
cubana en la liberación en 1996 de Juan Carlos Gaviria, secuestrado
por el Movimiento Dignidad por Colombia —episodio de tintes tan
rocambolescos que al abordarlos Fidel lo hace en un capítulo que
titula “Sucesos de ficción”, y aún antes en la solución pacífica de
la crisis planteada por la ocupación y toma de rehenes el 27 de
febrero de 1980 en la Embajada de la República Dominicana en Bogotá.
La transcripción de largos fragmentos de la
conversación de Fidel con comandantes guerrilleros de la
Coordinadora Simón Bolivar en La Habana en 1991 evidencia el respeto
con que el líder de la Revolución cubana trató el delicado tema de
la insurgencia en el país sudamericano.
En aras de ofrecer una idea más precisa del
contexto en que se desarrollaron en décadas anteriores las luchas
populares en el continente frente al injerencismo y los crímenes
imperiales, Fidel incluye en su exposición detalles de la
concertación internacionalista que contribuyó al triunfo del
sandinismo contra la dictadura somocista en 1979, y de la brutal
agresión yanki contra Granada en 1983, que costó la vida a
colaboradores cubanos que se hallaban en esa isla caribeña
entregados a una noble misión civil.
Con total franqueza y absoluta transparencia, y
a partir del cúmulo de informaciones manejado, Fidel define a
Marulanda como un líder que “comprende las realidades del país y de
la época que le tocó vivir. Estaba lejos de ser el bandido y
narcotraficante que se empeñaron siempre en presentar sus enemigos”.
En otro momento evalúa: “Hizo cosas extraordinarias con unidades
guerrilleras que, bajo su dirección personal, penetraban en la
profundidad del territorio enemigo. Cuando alguien fallaba en el
cumplimiento de una misión parecida, estaba listo siempre para
demostrar que era posible”.
Pero a la vez, con honestidad y conocimiento de
causa, plantea desde un principio: “Mi desacuerdo con la concepción
de Marulanda se fundamenta en la experiencia vivida, no como teórico
sino como político que enfrentó y debió resolver problemas muy
parecidos como ciudadano y como guerrillero, solo que los suyos
fueron más complejos y difíciles”. Ya hacia el final argumenta: “Yo
discrepaba del jefe de las FARC por el ritmo que asignaba al proceso
revolucionario de Colombia, su idea de guerra excesivamente
prolongada. (…) Es conocida mi oposición a cargar con los
prisioneros de guerra, a aplicar políticas que los humillen o
someterlos a las durísimas condiciones de la selva. De ese modo
nunca rendirían las armas, aunque el combate estuviera perdido.
Tampoco estaba de acuerdo con la captura y retención de civiles
ajenos a la guerra”.
En cuanto al Partido Comunista de Colombia,
Fidel describe cómo, al igual que otras formaciones similares en
América Latina, “fueron miembros disciplinados de la Internacional
mientras existió formalmente” bajo la línea del Partido Comunista de
la URSS. En el caso de Cuba, no sin contradicciones ni tensiones,
prevaleció la unidad entre las fuerzas revolucionarias. Los
desencuentros programáticos y tácticos entre el Partido colombiano y
los movimientos insurrecciónales, en diversas etapas de la historia
de ese país, no implican, en modo alguno, una devaluación de sus
abnegados militantes.
Entre las conclusiones que se derivan de la
lectura de este libro, hay dos que deben ser subrayadas: la
actuación interesada y perniciosa del imperialismo norteamericano en
el conflicto colombiano de una parte, y de otra, el valor de los
principios revolucionarios.
Solo desde un compromiso entrañable con la
verdad, la justicia, el destino de los pueblos y la fe martiana en
el mejoramiento humano se puede concebir un libro como este.
Una contribución de tal magnitud a la
comprensión de los dramáticos avatares de la historia colombiano a
lo largo de las seis últimas décadas es posible por la cultura
política, la lucidez analítica y la altura ética de un hombre al que
un colombiano ilustre, Gabriel García Márquez ponderó al decir: “Su
visión de América Latina en el porvenir, es la misma de Bolívar y
Martí, una comunidad integral y autónoma, capaz de mover el destino
del mundo”. |