De ellos, más de 6 800 son jóvenes que no tenían vínculo
socialmente útil, además de otras 9 208 personas que tampoco
trabajaban, unos 1 287 procedentes de centros de reeducación, más de
2 400 egresados de la enseñanza técnico profesional, 3 603
beneficiados por los cursos de superación integral...
Esas cifras expresan la integración entre organismos y el empeño
general del territorio en función del pleno empleo y de que todos
los ciudadanos aporten a la sociedad.
Aun así, ni aquí ni en otras provincias son todos los que están
(en el trabajo), ni están todos los que pudieran y debieran
(trabajar).
Ese es uno de los problemas que daña a la economía, agravado por
la "tranquilidad" con que en algunos lugares se siguen manifestando
la indisciplina laboral, la impuntualidad, el no aprovechamiento
óptimo de la jornada, la falta de rigor y de exigencia.
Es obvio que si todos esos ciudadanos (inactivos) estuvieran
vinculados cada día a formas concretas de empleo, el saldo
productivo y económico fuese mayor para la nación.
Pero el daño que ocasiona ese segmento apático de población va
más allá.
Durante estos cruciales años, el Estado cubano ha mantenido, sin
distinción o diferencia alguna, a esas personas (entiéndase garantía
de canasta básica de alimentos, salud, educación, otros servicios,
seguridad, derecho a todos los derechos¼ ) y, aun cuando son una
pesada carga improductiva que nada o muy poco aportan, la Revolución
no se ha derrumbado por razones económicas ni ha perdido su fuerza.
El peligro fundamental, quizás un poco más solapado pero latente,
puede estar en el terreno ideológico.
La presencia de individuos que jamás sudan la camisa y, en
cambio, viven mejor que quienes trabajan de sol a sol, irrita al
laborioso, al digno y acaba por moldear un razonamiento muy dañino
para la conciencia, mediante el cual algunos se preguntan: ¿De qué
vale trabajar si los vagos viven igual o mejor que yo?
Ese perjuicio —ideológico— puede cobrar dimensiones más
peligrosas aún mediante la huella que deja en la propia familia.
Difícilmente en el hijo de ese sujeto aniden y se manifiesten
mañana sentimientos y convicciones de identificación con el trabajo,
si desde la infancia ha percibido beneficios (y hasta privilegios)
superiores incluso a otros compañeritos de estudio, gracias a la
supuesta "inteligencia" de un padre que sin doblar la cintura ni
sudar la ropa "tiene de todo".
El efecto sobre las actuales y futuras generaciones puede ser
irreparable si entre todos (instituciones estatales, organizaciones
políticas y de masas, familia, escuela, autoridades del orden y
ciudadanos honestos) no enfrentamos a tiempo esa "enfermedad" cuyos
síntomas afloran en estudios como los realizados por el Centro de
Investigaciones Psicológicas y Sociológicas, donde consta que el
empleo ha pasado a ser la quinta opción (si acaso) entre las
aspiraciones de los jóvenes consultados.
A quienes así piensan valdría la pena preguntarles: ¿Si no
aspiras a trabajar, de qué vas a vivir entonces?
La respuesta se torna obvia: del sudor ajeno... del Estado.
También cabe preguntarse: ¿Es esa mentalidad consustancial a la
esencia humana e ideológica de nuestro socialismo?
Claro que no. La función del trabajo en la formación del Hombre
quedó demostrada por la historia desde hace siglos. Su valor como
fuente generadora de riquezas es un hecho irrefutable.
Tal vez ignora el holgazán cuánto daño le hace a sus hijos (y a
sí mismo) creyéndose el más astuto y actuando como parásito.
Molesta saber que el zángano (casi siempre con "algo" mal habido
en el bolsillo y en la mente) impone precios a la sociedad y "caldea
la situación", ofrece por cualquier servicio lo que el maestro o el
obrero no pueden dar, soborna impunemente, desdeña a los demás, se
cree superior, se enrola en cualquier componenda turbia y hasta le
hace juego al mercenario interno, al enemigo exterior...
Esas son manifestaciones y peligros reales de una deformación
ideológica que no podemos legarles a hijos, nietos y vecinos. El
hombre piensa como vive —nos enseñaron en el aula. ¿Acaso pueden
pensar igual quienes cada día se entregan a diferentes faenas en sus
centros laborales, y aquellos que pretenden seguir viviendo sin
trabajar?
Decididamente, no.