De ahorro en general y particularmente del vinculado a la energía
y los combustibles, se habla y escribe mucho por estos días. Es
comentario cotidiano. Eso es bueno, muy bueno, aunque a decir
verdad, no debería ser "por estos días", ni a tenor de situaciones
emergentes, sino siempre, como filosofía de vida.
Su contrario —malgasto, derroche, despilfarro— debería suprimirse
del vocabulario habitual y más que de este, de la conducta y el
quehacer periódicos de cada cual, en lo individual, lo familiar y lo
colectivo.
Con profusión de datos y hechos, autoridades y especialistas
nacionales y locales argumentan las causas por las que ha sido
inevitable adoptar medidas excepcionales para enfrentar y detener la
tendencia al sobreconsumo energético, por ende, al gasto no
planificado de combustible para su generación, manifestados entre
abril y mayo últimos —63 mil toneladas— , cuestión imposible de
sostener en la situación actual de nuestra economía que, como se ha
informado, no escapa a los impactos de la crisis global desatada
hace casi año y medio.
Pero, sobre todo, el conjunto de las informaciones brindadas,
aborda de manera transparente, plausible y viable, la vasta gama de
alternativas para contener todos los "sobre", cumplir estrictamente
los planes reajustados de consumo y las medidas que lo hacen
posible, y aún acudir a esas reservas "escondidas" que propiciarían,
incluso, ir más allá. Reportajes, entrevistas, testimonios
divulgados de las experiencias en diferentes centros laborales y
comunidades, y cartas de lectores que nos trasladan iniciativas y
recomendaciones, así lo evidencian.
Sin embargo, desde que se ofrecieron los primeros elementos sobre
el tema, se enfatizó en que el mayor derrochador es el sector
estatal —particularmente el presupuestado—, sobre el cual giraron
las indicaciones más drásticas, sin obviar fraudes y otras
violaciones puntualmente registradas en el residencial, las cuales
también serán sancionadas.
Con frecuencia se conoce de estudios e inspecciones que
corroboran tal afirmación: más de 3 000 violaciones detectadas en
entidades estatales, empleo de un 30% más de los portadores
energéticos requeridos para sus labores, consumo 22 veces mayor que
en las viviendas... y lo más asombroso, recientemente le escuchamos
a Vicente la O Levy, Director de la Unión Eléctrica, que, aun cuando
ya se observan reducciones significativas como consecuencia de las
medidas adoptadas —léase territorios ajustándose a sus programas,
sensible disminución del consumo en empresas y establecimientos,
etc.—, todavía hay centros sin programas de ahorro y sin estos,
¿cómo ahorrar?
No obstante, el mensaje se reitera: el sector estatal tiene sobre
sí la responsabilidad principal en la reducción de los excesos
injustificados de consumo¼ con lo cual, los "residenciales", por
demás el mayor número de usuarios del servicio eléctrico,
"podríamos" distanciarnos del fenómeno y apuntar críticamente hacia
los estatales, culpándolos desde ya de los apagones que se
producirían si no erradican el sobreconsumo.
Cierto es que en el universo del sector residencial —usted, yo,
nosotros— la inmensa mayoría nos impusimos medidas de ahorro desde
que se rediseñó la tarifa eléctrica hace algunos años, como parte de
las decisiones del Gobierno encaminadas a encontrar fórmulas de
ahorro y eficiencia en el consumo energético, y todos estamos
conscientes de que si gastamos hasta 100 kWh serían 9 pesos; entre
101 y 150 kWh, el recibo llegará con 15 pesos más; entre 151 y 200,
serían 20 pesos más; entre 201 y 250 serían 30 pesos más; entre 251
y 300 serían 40 pesos más... El "bolsillo" obliga, más allá de la
cultura del ahorro.
Pero... nos olvidamos que más de 3 millones de "residenciales",
en tanto trabajadores, somos también usuarios del "estatal" y que,
aunque gastar más en nuestra área y centro laboral no repercute en
nuestros bolsillos individuales, SÍ perjudica el de la entidad y el
del país, por lo tanto no deberíamos sentirnos "ajenos" a ese
sobregiro... todo lo contrario.
Las medidas en ejecución son una necesidad perentoria.
Incumplirlas en cualquier lugar, por distante que nos parezca, nos
afectará más tarde o temprano. Si en casa somos celosos con el uso
innecesario de equipos, artículos, o un simple bombillo, si exigimos
a toda la familia con el "apaga que no lo estás usando", tenemos que
trasladar ese reclamo a nuestra otra "casa" y a nuestra otra
"familia": nuestros compañeros de trabajo.
Si es el sector estatal el mayor incumplidor, el que malgasta,
sobreconsume y no se ajusta a las regulaciones que conllevarían
reducir en un 10-15 y potencialmente hasta un 20% el consumo
energético y a no tener que erogar decenas de millones de dólares en
combustible, que por demás hoy no tenemos, debemos ganar en
conciencia de que no es un ente general y abstracto —el sector
estatal— el responsable, sino USTED, YO, NOSOTROS que lo permitimos
y no conocemos el plan de ahorro, donde existe, o no exigimos que se
elabore de inmediato, donde aún no se ha confeccionado, en el
entendido de que tenerlo y más que todo conocerlo implica concretar
en cada puesto laboral sus medidas y aplicarlas como en nuestra
propia casa.
A menudo acuñamos frases hechas y las repetimos hasta el
cansancio, por muy loables que resulten. "Tarea de todos", es de las
más comunes. El programa nacional en vigor para ahorrar energía y
combustibles no escapa a ello.
De lo que se trata es que ese TODOS no es neutro, sino la suma de
muchos "usted", de miles de "yo", de millones de "nosotros" con
nombres y apellidos, y de que en la medida que en nuestro sencillo
puesto laboral hagamos lo que nos corresponde y no nos dé pena
exigirles a los demás, empezaremos a materializar de verdad esa
TAREA DE TODOS.