Los
últimos tres años en la vida de Nara Mansur (La Habana, 1969) han
transcurrido entre La Habana y Buenos Aires. En el 2008 nació en el
país sudamericano su hija Emilia, eje motivador de Manualidades,
el libro que alcanzara el Premio Nicolás Guillén de poesía en su más
reciente edición.
Crítica
y dramaturga de profesión, autora de una singular obra teatral en la
que destaca Desdramatizándome. Cuatro poemas para el teatro
(Ediciones Alarcos, 2009), Nara tiene editados por Letras Cubanas
los poemarios Mañana es cuando estoy despierta (2000) y Un
ejercicio al aire libre (2004).
Su primer cuaderno lo armó en 1993, pero pasaron siete años hasta
que publicara un libro. Se graduó de Teatrología y trabajó casi 14
años en Casa de las Américas de promotora cultural y editora de la
revista Conjunto, y en el ISA como profesora de dramaturgia.
En Argentina ha colaborado en el Estudio Teatral El Cuervo, que
dirige Pompeyo Audivert. Recientemente se han escenificado en Cuba
dos de sus textos teatrales: Ignacio & María, por Teatro
D’Dos, y La Guerrilla del Golem; y Charlotte Corday.
Poema dramático, también por este último.
"Siempre he formado parte del gremio teatral, ahí se encuentran
mis interlocutores, mi entrenamiento más visible", explica Nara
cuando le refiero que para algunos su nombre no ha estado muy a la
mano en los espacios literarios, sobre todo debido a su escaso
sentido de lo grupal.
"Pero la poesía es mi terapia y mi lectura preferida", deja claro
la dramaturga y poeta.
En tu obra el ámbito de lo femenino resulta una constante. ¿Es
Manualidades una consciente posición de género ante la
poesía?
"Sí, es muy consciente la escritura aquí: están la madre y la
hija en el mundo de las palabras, sin palabras, con las palabras de
los otros. También creo que está la mujer-animal político
construyéndolo todo. El libro propone una idea de verosimilitud, de
diálogo con el mundo: como si la hija preguntara con las ideas de la
madre."
¿Entonces puede hablarse de un cuaderno de poesía cuya estructura
responde a una dramaturgia?
"Pienso que sí, por la idea de que los poemas pertenecen a un
sistema en el que se desplazan (trabajan) como acciones dramáticas,
con intensidad, sentido, ritmo. La poesía nos permite convertir
nuestra queja en conjuro, en abracadabra. Este año estuve junto a mi
hija todo el tiempo, casi sin salir de la casa, y también junto a mi
suegra que enfermó de cáncer. Todo el tiempo me pregunté: ¿quién soy
en realidad?, ¿qué puedo hacer?, ¿soy una trabajadora manual o
intelectual? Así, mientras mi hija dormía la siesta yo me senté a
escribir este libro."
¿No crees un enorme reto el mantener a raya las contaminaciones a
la hora de perfilar cada género?
"¿Y si no quisiera mantener a raya estas contaminaciones? Creo
que el ‘problema’ es más de circuitos: por dónde circulan los textos
y cómo los ubica la crítica, qué preguntas les hace. A mí me encanta
el ensayo que fabula, la filosofía devenida de la práctica
artística. Creo en una idea más general de textualidad como tejido o
trama y en la de un lector/espectador que construye con lucidez y
coherencia su propia obra."