El
12 de julio de 1967 un joven trovador llegó hasta el Museo Nacional
de Bellas Artes para continuar, quizás sin saberlo, los inicios de
una leyenda que perdura hasta hoy. Mucha agua ha corrido bajo el
puente, y ya los tiempos no son los mismos en que andaba con la
guitarra al hombro y el espíritu en brasas por los escenarios
cubanos. Sin embargo, los temas de Silvio Rodríguez se siguen
colando en la piel como el más profundo de los sentimientos.
En su nueva presentación en Bellas Artes, que compartió con el
coro Exaudi, este artesano de canciones mostró parte de su pasado y
presente durante casi dos horas. También, casi al abrir la noche,
cantó dos versiones de Sea señora, de su álbum Segunda
cita. La primera la desgranó a capella, como si se tratara de un
diálogo íntimo, personal. Luego se hizo acompañar de la flautista
Niurka González, el baterista Oliver Valdés, y el trío Trovarroco,
para continuar con la canción en la que brinda su perspectiva de la
realidad cubana contemporánea.
Casi a los pies del escenario, el público parecía un miembro más
de su banda. Particularmente cuando dejó caer versiones de varios de
sus clásicos como Ojalá, Mariposas, Óleo de mujer
con sombrero, El reparador de sueños, Quién fuera
y El Mayor, los cuales conservan todo lo que un día los
hicieron grandes. Ciertamente, no son pocos los que a la luz de hoy
otorgan su propia interpretación a estas obras para luego
incorporarlas a sus historias personales como libros de cabecera.
A lo largo de la noche, el trovador presentó a un Silvio
dispuesto a disfrutar del concierto no solo como un regalo al joven
que fue, sino también a su legión de seguidores que colmó el Museo.
De hecho, trató de que todo en su universo funcionara a la
perfección, y se sobrepuso a evitables fallas de audio en medio de
los acordes de Escaramujo, uno de sus temas emblemáticos. "Si
ustedes quieren lo repito", dijo, y recibió de regreso fuertes
aplausos de aprobación.
Inmediatamente después retomó este clásico que pegó fuerte en la
fibra emocional del auditorio.